Aguas superficiales son aquellas que se encuentran sobre la
superficie del suelo. Esta se produce por la escorrentía generada a
partir de las precipitaciones o por el afloramiento de aguas subterráneas. Pueden presentarse en forma correntosa, como en el caso de corrientes, ríos y arroyos, o quietas si se trata de lagos, reservorios, embalses, lagunas, humedales, estuarios, océanos y mares.1
Para propósitos regulatorios, suele definirse al agua superficial
como toda agua abierta a la atmósfera y sujeta a escorrentía
superficial. Una vez producida, el agua superficial sigue el camino que
le ofrece menor resistencia. Una serie de arroyos, riachuelos,
corrientes y ríos llevan el agua desde áreas con pendiente descendente
hacia un curso de agua principal.
Una área de drenaje suele denominarse como cuenca de drenaje o cuenca hidrográfica.
La calidad del agua está fuertemente influenciada por el punto de la
cuenca en que se desvía para su uso. La calidad de corrientes, ríos y
arroyos, varía de acuerdo a los caudales estacionales y puede cambiar
significativamente a causa de las precipitaciones y derrames
accidentales. Los lagos, reservorios, embalses y lagunas presentan en
general, menor cantidad de sedimentos que los ríos, sin embargo están
sujetos a mayores impactos desde el punto de vista de actividad
microbiológica. Los cuerpos de agua quietos tales como lagos y
reservorios, envejecen en un período relativamente grande como resultado
de procesos naturales. Este proceso de envejecimiento está influenciado
por la actividad microbiológica que se encuentra relacionada
directamente con los niveles de nutrientes en el cuerpo de agua y puede
verse acelerada por la actividad humana.
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